Un país que grita en silencio: El rostro del venezolano es el dibujo de la tragedia
Por: Fiorella Perfetto
Son las ocho de la mañana y Ana aún no prueba bocado desde la tarde del día anterior. Los retrasos en la Línea 2 del Metro de Caracas que toma cada mañana en la estación Las Adjuntas, le impidieron llegar a tiempo a su trabajo, un pequeño local de venta de comida ubicado en el este de la ciudad capital. Explicarle a su jefe nuevamente el inconveniente podría costarle su puesto de trabajo, aunque las razones para su despido podrían ser otras. “Ya las cuentas no dan y no se puede seguir así, trabajando a pérdida” repite constantemente el atribulado comerciante con quien Ana labora desde hace cinco años.
El local, que hasta hace unos meses contaba con seis trabajadores — dos cocineras, un cajero, dos despachadores y un señor para la limpieza — sobrevive con Ana, la cocinera, y un joven que “hace de todo en el local”, mientras que el dueño se encarga de la caja y cualquier otro oficio que sea necesario realizar.
La joven madre reserva cada día más de la mitad de la porción del almuerzo que su patrón le brinda al terminar la jornada de trabajo. Se la lleva a casa para paliar la ya deficiente alimentación de su familia: tres hijos, de uno, siete y nueve años respectivamente y su marido Alfonso, hoy, un desempleado “de facto”.
El menor de sus hijos se encuentra en delicado estado de salud porque contrajo una severa enfermedad respiratoria. “Nunca conseguí la vacuna de neumococo, Alfonso va todos los días al hospital y nada”, dijo, sumergida en un mar de lágrimas. “No conseguimos los antibióticos, ni tenemos el dinero que piden cuando los consigues bachaqueado, qué vamos a hacer”. La niña de siete años “tiene muy bajo peso, así me dijo el médico cuando la llevé porque se quejaba de dolor de barriga”.
Su esposo, quien por más de 20 años ha sido chofer de bus de la línea Cementerio-Carmelitas, no tiene respuesta para su mujer, como tampoco la ha tenido del mecánico que le prometió conseguir un repuesto para la buseta y así volver a trabajar. “Tengo cuatro meses parado, es una situación inaguantable. Ya no nos queda nada. Ahora ayudo a un vecino con el jeep, pero su ruta es candela, siempre hay plomo (enfrentamientos armados) entre bandas”, dice mientras cuece unos huesos de pollo para preparar un caldo para la cena de sus hijos. “Es una batalla de sobrevivencia diaria que no sé hasta dónde podamos aguantar”, sentenció.
La familia, que vive en el populoso sector Ruiz Pineda, al suroeste de la ciudad, se alimenta fundamentalmente de plátano, granos “alguna vez” y pan, cuando el esposo de Ana logra hacerse con una barra tras cuatro horas de espera en la desprovista panadería que sirve este sector. “Compramos un pollo y lo rendimos para el mes”, apuntó Ana.
No son partidarios del oficialismo, pero se vieron obligados a sacar “el carnet de la patria” y “mantenernos callados para no morir de hambre” y así recibir por un precio menor una caja de comida de los Clap. “Si decimos que no estamos de acuerdo con este Gobierno, el Consejo Comunal nos quita la caja, que al menos dura una semana”, confesó Alfonso. “Estamos desgastados, no podemos hacer nada más”.
El rostro de Ana y su familia transita por las calles de Venezuela diariamente. Son las mismas siluetas con las que el 82% de la población venezolana cerrará 2017, bajo la línea de la pobreza extrema: es el “rictus” de quien contiene semejante carga y se esfuerza por ocultarla a la sociedad.

Así, los venezolanos de clases populares, profesionales o la clase media, luchan por no sucumbir a la tragedia. Y ese es el dato novedoso: la historia de Ana y su familia se ha multiplicado en cada rincón de Venezuela, a pesar que desde el Ejecutivo se insiste en lo contrario. Según los expertos, los límites de contención bajo semejantes condiciones están desapareciendo y han convertido esta sociedad en una bomba de tiempo.
“Cuando la realidad nos coloca al límite de lo soportable podemos esperar la eclosión física o mental, o ambas. El cuerpo sufre y se expresa, la desesperación bloquea el pensamiento. La angustia toma el mando, la vida pierde brillo y se vuelve pesada. Lo inmediato aumenta su urgencia y las acciones provienen menos de un acto calculado que de un movimiento contraproducente que puede precipitar el acting out o el pasaje al acto”
La frase es del psicoanalista venezolano Gerardo Réquiz. Recoge la preocupación de los expertos consultados para este trabajo, sobre las condiciones de la sociedad venezolana hoy sometida a niveles impensables de dificultad y cuál podría ser el desenlace a semejante lucha.
“La crisis venezolana abarca todos los órdenes de funcionamiento de la Nación con una descomunal crisis humanitaria. Tenemos una proliferación de fenómenos sociales causados por un ejercicio del poder que nos afecta desde lo más básico para la sobrevivencia, para la obtención de comida, de medicinas, con falla de los servicios básicos, amenaza del hampa desatada, de inseguridad y por supuesto el lazo social. En efecto, toca el límite de lo imposible de soportar”, apuntó.
Gustavo Zapata, psicoanalista miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, apunta al antes y el después en la vida de los venezolanos. “Lo que uno observa en los rostros de los venezolanos hoy, es que ha desaparecido el optimismo, la frescura y la alegría. Como norma uno encuentra inquietud, ansiedad, incertidumbre, miedo y frustración, independientemente de la propaganda oficial que pretende hacer ver otra cosa. En líneas generales hay mucho malestar, por la confrontación cotidiana con lo imposible de soportar, que se traduce en rostros y actitudes. El venezolano está permanente expuesto a lo insoportable (la lucha por la supervivencia, las separaciones, las limitaciones, las estrecheces, las carencias) y eso afecta su estado de ánimo”.

Sobre Ana o su familia pesa otro elemento muy estudiado por los expertos. Se le conoce como desesperanza aprendida: “un estado de pérdida de la motivación, de la esperanza de alcanzar lo que se desea, o de que las cosas puedan cambiar. Es creer que no es posible modificar la realidad, es entrar en un estado de resignación aun estando descontento. Esta se da cuando el individuo percibe que los estímulos aversivos o negativos a los que está sometido son incontrolables y que haga lo que haga no puede liberarse. Por lo tanto, lo mejor es no hacer nada”, explicó Yolirma Vaccaro, médico psiquiatra.
“Los sistemas totalitarios trafican con las esperanzas, es la única manera de tener a las personas sometidas para que satisfagan sus ambiciones desmedidas de riqueza y poder, único fin del totalitarismo. La antesala a la desesperanza es la impotencia. Pero la impotencia no puede ser un estado permanente. Con matices diferenciales según las personas, generalmente conduce a dos vertientes de los fenómenos de masa. Están los que se dejan ganar por la desesperanza, y optan por la sumisión, y están los que optan por la rebelión”, apunta Zapata
“Lograr” semejante condición no ha sido producto del azar. De hecho, existen “técnicas” que aplicadas desde el poder a una sociedad permiten mantenerla bajo control. Es una suerte de mordaza que se teje alrededor de todos los ámbitos sociales para evitar la expresión libre o una rebelión social.
El otro “gran objetivo” del totalitarismo: la ruptura de los lazos sociales
Para Réquiz “la vivencia más desoladora es la palabra amordazada. Un mordaza que se extiende a todos los ámbitos de la vida pública: en el control a los medios de comunicación, en el cierre de emisoras de radio y programas de televisión, en la autocensura, que es quizás la peor forma de censura, en el adoctrinamiento de niños en educación primaria con el objeto de inducir identidades nacionalistas”.
Este tipo de políticas “castradoras” se reflejan directamente en los lazos sociales, como explica Gustavo Zapata. “Si para algo ha servido esta larga tragedia que es el totalitarismo chavista ha sido para desmantelar todo lazo social que no pase por la adoración al líder y la adhesión ciega al proceso. Acentuando la polarización y la división, generando y azuzando la sospecha y la confrontación, ha deshecho las formas variadas y tradicionales de lazo social que caracterizaban al venezolano y ha acabado con toda otra forma de organización social que no sea la estructura de su partido”.
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En todo caso, son las consecuencias de la polarización dentro de toda forma de organización social, la que ha contribuido en mayor medida a la ruptura de los lazos sociales. “Las juntas de vecinos, las juntas de condominio, las organizaciones de acción social, hasta las que se dedican a la recreación y el esparcimiento, están parasitadas por ese empuje a la polarización ciega. En un ámbito más doméstico, las personas ya no se reúnen a compartir, por el costo exorbitante de las cosas, por la inseguridad, para evitar confrontarse con las ideas y sentimientos del otro, sea porque se sospecha que es del otro bando, sea para no tener que pasar por el malestar de escuchar lo mismo que uno está padeciendo. Hay una fractura del tejido social que el totalitarismo chavista produjo, alimentó y sostiene para su beneficio, pues no le conviene el encuentro de lo diferente, ni con lo diferente. Digamos que nos quiere a todos igualmente indignos, igualmente sumisos, igualmente resignados”, afirma Zapata, quien además avizora el peligro de la violencia social.

“El totalitarismo chavista ha alimentado la lucha por la supervivencia, llevando a las personas a extremos de vileza e indignidad insospechados, pero útiles a sus fines. Eso incide adicionalmente en el tejido social, porque una persona llevada al extremo de la necesidad, traspasa el límite de la civilidad y es capaz de acometer cualquier acción que le lleve a la satisfacción de esa necesidad. La prueba es el mercado negro de todo tipo de bien o servicio, especialmente el de medicinas y alimentos, que hace de la viveza y el aprovechamiento desconsiderado del otro la regla de la relación.”
Lo que vivimos no es casual, es una forma de control social
Lo que ocurre en Venezuela, a efecto de los modelos de control social no es nuevo, como sí para los ciudadanos de este país. Carmen Beatriz Fernández, catedrática de la Universidad de Pamplona y experta en marketing y comunicaciones políticas hinca su análisis en un factor peligrosamente mayoritario existente en la población: el hambre.
“Es la lógica del control social a través del hambre”, una perversa herramienta usada en regímenes opresivos para mantener el control de las masas. “si no se cubren las necesidades existenciales básicas como el hambre, poco puedes pensar en sofisticaciones más vinculadas a los valores democráticos, por ejemplo o exigir condiciones electorales; eso sería un lujo, cuando se tiene que invertir muchas horas en tratar de saciar necesidades primarias. Es así como la lógica del hambre para el control social evidentemente tiene sentido”
No es poca cosa lo que el venezolano vive a diario para procurar cubrir la alimentación propia y de su grupo familiar, encontrar medicamentos e incluso, trasladarse de un lugar a otro en sus ciudades. “Es la aplicación del hambre y la miseria como un torniquete deliberado, contra la población venezolana”.
Pero este método de control social tiene falencias y su principal enemigo es la memoria. Según Fernández, existirían otras teorías — principalmente lideradas por Ted Gurr, experto en psicología política y el estudio de la violencia política — que explicarían las razones por las cuales este tipo de control perdería su eficacia en una sociedad como la nuestra.

Gurr lanza su tesis sobre la “deprivación relativa”, “que define cómo se crea la tensión entre el estado actual de las cosas que recibes y las que crees merecer. La intensidad y el alcance de esa privación relativa es lo que determina el potencial para la violencia colectiva”, comenta Fernández.
A esta tesis se le suma otro elemento: la memoria reciente. “Gurr se refiere a la lógica de las rebeliones en la historia del hombre y afirma que estas no tendrían razón de ser si no fuera por la memoria reciente, esa que recuerda haber tenido alimentos, medicinas o transporte y luego empezaron a faltarle. Es entonces cuando la gente se rebela como consecuencia de la privación, porque le faltan aquellas cosas importantes que dejó de tener. Este es el caso del venezolano, por lo cual se tienen las condiciones para la rebelión social, porque es muy claro que aquí todos recordamos que no se tenían que hacer colas para comer, por ejemplo. En cambio, una sociedad que ha estado sometida durante muchos años o décadas a esta condición es menos probable que se rebele”, explica la catedrática.
A pesar de ello, Fernández cree que el valor de la democracia, como ecosistema en el cual “al menos un par de generaciones de venezolanos han crecido”, servirá de contención a la implantación de un régimen dictatorial.
“Adam Przeworski, uno de los más importantes analistas de las sociedades democráticas, estudió más de más de mil procesos de transición política y determinó que es improbable que una sociedad que conoce la democracia soporte luego una dictadura, y eso es alentador. Por ello es que el caso venezolano es tan distinto el norcoreano, cubano, el chino o el caso ruso”, acotó.
Con relación a este posible “desenlace”, Gustavo Zapata concuerda con la experta. “La referencia a Przeworski es muy pertinente porque efectivamente el sistema que ofrece mejores oportunidades para el desarrollo de una sociedad es aquel en el que los mecanismos de poder pueden ser manejados alternadamente por diferentes actores elegidos por los ciudadanos, en un régimen de libertades reales económicas, políticas, sociales y personales. Ese sistema se llama democracia liberal. Los totalitarismos de cualquier signo, no sirven sino para enriquecer a las élites gobernantes y profundizar y alimentar lo peor de las personas”.
Esa “cualidad democrática en la sociedad venezolana asentada en los genes del venezolanos” fue un freno importante para que a raíz de las protestas contra el régimen que se escenificaron en Venezuela por más de cuatro meses no hayan derivado en algo peor o incluso en guerrillas urbanas, como ocurre en los países del norte de África, “ya que en la memoria del venezolano está muy asentada la cultura democrática que hace que se tenga un mayor compás de espera hacia la resolución de la crisis”.
Pero la experta advierte que “es muy peligroso este juego que ha hecho el oficialismo de prácticamente desestimar el voto”. El mensaje que desde el régimen se envía a los venezolanos es que el voto dejó de ser una herramienta para el cambio político, con lo cual se está jugando en contra de la contención misma del sistema político”.
La “solución”: el rescate de la dignidad
Gustavo Zapata advierte, a la luz de su experiencia como psicoanalista, lo que estos estudiosos confirman podría ser el escenario en ciernes para la sociedad venezolana. “El régimen juega peligrosamente manteniendo a las personas en la procura de lo elemental y sometidos a la indignidad. Y digo que es peligroso porque eso no puede ser manejado por mucho tiempo. Más temprano que tarde se vuelve contra el que trata de dominarlo y se convierte en violencia. Indudablemente este proceso va a modificar lo que hemos sido como sociedad hasta ahora. No me atrevo a pronosticar en qué dirección, pero si es claro que ya no seremos los mismos. Tal vez, esa alegría un poco cercana a la euforia que proverbialmente nos caracterizaba, dé paso a algo matizado, más realista y sereno. No es fácil decirlo”.
Y explica hacia dónde debe encauzarse la sociedad venezolana para romper la mordaza que ata el sistema de libertades. “Cada uno, en el reducto de su cotidianidad más simple y singular, debería reclamar para sí la dignidad de su derecho a desear otra cosa, no conformarse con la limosna, exigir respeto. Decir no al conformismo, y no creer en la propaganda oficial. A partir de ese punto, organizarse con otros, y otros, y exigir la restitución del régimen democrático, con sus libertades y derechos, que el sistema ha convertido en concesiones y dádivas entregadas a cambio de la entrega de la dignidad como sujetos y la sumisión absoluta. Va a ser un proceso tortuoso y difícil, pero necesario para volver al camino del desarrollo de las potencialidades que como sujetos tenemos y nos merecemos como sociedad. Solo así puede que vuelva a los rostros de los venezolanos algo de alegría y esperanza”.
Queda en el aire la interrogante que juega en el ánimo del país cada día. Ese “hasta cuándo” compartido en las colas para comprar alimentos, en los pasillos de los hospitales, en la panadería, en las largas colas para tomar la desvencijada buseta o en el Metro. Nadie parece tener la respuesta, pero sí la certeza de que los genes democráticos que tutelan la vida de los venezolanos han sido forzados a límites insostenibles.

Fotos: Jesús Ruiz, edición gráfica: Víctor De Abreu
Sep 7, 2018 · 13 min read
